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Hospitalidad china

De todos los estereotipos que se manejan sobre los chinos, creo que el más desacertado es el de esa supuesta cerrazón hacia lo extranjero. Creo que los chinos viven fascinados por todo lo que viene de fuera, sobre todo si es de Occidente. Se mueren por ver las últimas películas de Hollywood y no dudan en copiar aquello que ha funcionado en otros países.

A esta fascinación por lo extranjero, se junta una hospitalidad desbordada. En pocos países un extranjero se puede sentir tan bien recibido como en China. Durante el viaje que estoy haciendo ahora mismo, ya he pasado por tres familias chinas, en las cuales me sentí halagado por el acogimiento que recibí. No se trata sólo de la comida y las sonrisas, sino de las zapatillas al entrar en su casa, del increíble acogimiento con el que uno es recibido en un hogar ajeno.

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En mi paso por una familia de Chongqing (la última foto), durante la cena, la abuela dijo una frase que no se me olvidará nunca. Esta señora, que tenía problemas para caminar y apenas escuchaba, soltó la frase como si tal cosa, con la curiosidad de quien nunca ha estado en el extranjero: “nosotros los chinos tratamos tan bien a los extranjeros… ¿será igual cuando nosotros vamos fuera?”.

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Orientalismo: ¿y eso qué es?

“No pueden representarse a sí mismos, deben ser representados”
Marx, en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.

Hace una semana, una estudiante de Periodismo en España se puso en contacto conmigo para hacerme una entrevista sobre la labor de los periodistas durante los Juegos Olímpicos de Pekín. A lo largo de la charla, le conté que la labor de los medios de comunicación había sido injusta con China, había mostrado un gran desconocimiento de este país, se había caracterizado por el doble rasero y el eurocentrismo (nada que no me hayáis escuchado decir antes). Como se necesita mucho tiempo para explicar todo esto, al final de la conversación sólo pude decirle una cosa: “Lee Orientalismo. Está todo ahí”.

Como sabéis, Orientalismo es el libro de Edward Said publicado en 1978, casi siempre envuelto en polémicas y que sigue dando que hablar 30 años después de su publicación. En este libro, Said pone a parir la tradición de estudios orientales en Europa y en Estados Unidos, acusándola de imperialista, eurocentrista y racista. Según su autor, el orientalismo nace en un contexto de colonización oriental y envuelto en los pensamientos de superioridad europea, lo cual marcará para siempre las ideas sobre los orientales. El discurso orientalista ha sido tan potente que ha contaminado cualquier intento por estudiar esos “otros”, desde películas y novelas hasta informes, reportajes y noticias. Al contrario de lo que pudiera parecer, defiende Said en 1995, las cosas han cambiado muy poco desde entonces.

Pero, ¿cómo justifica todo esto Said? ¿Cuáles son los principales argumentos de su libro?

1 – Limitación personal. Desde que somos pequeñitos, hay toda una serie de valores, historias, anécdotas y discursos que han ido conformando nuestra personalidad sin que nos demos cuenta. Said cita a Gramsci, que lo explica mucho mejor que yo:

El punto de partida de cualquier elaboración crítica es la toma de conciencia de lo que uno realmente es; es decir, la premisa “conócete a ti mismo” en tanto que producto de un proceso histórico concreto que ha dejado en ti infinidad de huellas sin, a la vez, dejar un inventario de ellas.

Es decir, que a la hora de abordar otras culturas, es imprescindible darse cuenta de que nuestras ideas no son algo “natural”, sino fabricado por una tradición cultural determinada. Según Said, la tradición orientalista ha dejado muchas huellas que hacen imposible un trabajo justo y objetivo sobre los pueblos orientales.

2 – Orientalismo = Imperialismo. Cualquier escrito se produce en unas condiciones sociales y políticas determinadas, y el nacimiento del Orientalismo en el siglo XIX es producto de la época de mayor imperialismo europeo. Said dice:

El período en el que se produjo el gran progreso de las instituciones y del contenido del orientalismo coincidió exactamente con el período de mayor expansión europea; desde 1815 a 1914 el dominio colonial europeo directo se amplió desde más o menos un 35% de la superficie de la Tierra hasta un 85%.

El Orientalismo, por tanto, no fue una disciplina independiente y objetiva que se acercaba a las culturas orientales, sino una disciplina que dependía políticamente de la metrópoli y que como ella adoptaba una visión imperialista. Occidente administraba sus regiones y disponía de sus recursos; “Europa mantuvo siempre una posición de fuerza”; el Orientalismo fue reflejo de esas ideas eurocéntricas y el instrumento para llevarlas a cabo.

Como fruto de su contexto político y social, el Orientalismo asumió las ideas que eran consideradas como verdades en aquel momento: la superioridad de la cultura occidental y la inferioridad del resto de razas.

A este respecto, no conviene pensar que el Orientalismo ha sido un fenómeno sólo del siglo XIX. No hay más que pensar en los intereses que los países occidentales siguen teniendo en Oriente (el control del petróleo en Oriente Medio, la política respecto a Israel, Irán, el control del ascenso de China, etc…) para darse cuenta de que pocas cosas han cambiado y el conocimiento sigue siendo utilizado como arma política. “Las pautas de poder y dominación siguen siendo las mismas”, escribe Said en el epílogo de la edición de 1995.

3 – Hegemonía cultural. Por lo tanto, el dominio político y económico dio lugar a un dominio cultural. Una hegemonía que ha sido total y duradera, y que ha permitido instalar esos prejuicios y falsedades como verdades asumidas. El discurso sobre los chinos o sobre los árabes no nos ha llegado a través de sus producciones culturales, sino a través de la visión que los occidentales han tenido de ellos (de ahí el “no pueden representarse a sí mismos, tienen que ser representados”).

Said, apoyado en los discursos de los orientalistas Cromer y Balfour, lo explica así:

[…] el oriental es descrito como algo que se juzga (como en un tribunal), que se estudia y examina (como en un currículo), que se corrige (como en una escuela o una prisión), y que se ilustra (como en un manual de zoología). En cada uno de estos casos, el oriental es contenido y representado por las estructuras dominantes.

La mejor muestra de que el Orientalismo parte de una hegemonía cultural es que no “hay un campo similar al otro lado del globo”, es decir, un Occidentalismo.

4 – Exterioridad. Los orientalistas siempre juzgaron a Oriente desde fuera, sin identificarse realmente con los habitantes de los que hablaban. Los occidentales que vivían en las colonias no podían dejar de ser británicos, franceses o estadounidenses, y como tales vivían una vida que poco tenía que ver con las de los locales (embajadas, casas de lujo, etc…). [Nótese que muchas de estas cosas no han cambiado]

Ningún orientalista, escribe Said, “se ha identificado jamás, desde un punto de vista cultural y político, sinceramente con los árabes”. Es lo que el escritor denomina “idea de la exterioridad”. “Ninguno de los orientalistas de los que hablo parece haberse planteado el hecho de que un oriental pudiera leer sus libros”, dice el autor.

5 – Deshumanización. El mero calificativo de Oriente u oriental es una buena muestra del afán por la clasificación y la ausencia de historias personales. Cuando se construye el discurso orientalista no se está hablando de personas humanas como “nosotros”, con anhelos, sentimientos e ideas, sino de un conjunto de habitantes siempre pasivos.

Un aspecto sorprendente de la atención que las nuevas ciencias sociales estadounidenses prestan a Oriente es que evita la literatura. […] [el objetivo es] mantenerlas deshumanizadas. Cualquier poeta o escritor árabe -que son muy numerosos- escribe sobre sus experiencias, sus valores y su humanidad (por muy extraño que pueda parecer), y de esta manera perturba de modo eficaz los diversos esquemas (imágenes, estereotipos y abstracciones) por los que representa a Oriente.

6 – Definición. Por si no ha quedado del todo claro, os dejo con algunos párrafos en los que Said explica el núcleo central de sus más de 400 páginas de libro :

Un campo como el orientalismo tiene una identidad acumulada y corporativa particularmente fuerte dadas sus asociaciones con la ciencia tradicional (los clásicos, la Biblia, la filología), con las instituciones públicas (gobiernos, compañías comerciales, sociedades geográficas, universidades) y con obras determinadas por su género (libros de viajes, libros de exploraciones, de fantasía o descripciones exóticas). Como resultado de todo esto, el orientalismo se ha constituido como un tipo de consenso: ciertos asuntos, ciertos tipos de enunciados, ciertos tipos de trabajos han sido correctos para el orientalista.

El orientalismo, en consecuencia, se puede considerar una forma regularizada (u “orientalizada”) de escribir, de ver y de estudiar dominada por imperativos, perspectivas y prejuicios ideológicos claramente adaptados a Oriente. Oriente es una entidad que se enseña, se investiga, se administra y de la que se opina siguiendo determinados modos.

El orientalismo mantiene una posición de autoridad tal que no creo que nadie que escriba, piense o haga algo relacionado con Oriente sea capaz de darse cuenta de las limitaciones de pensamiento y acción que el orientalismo le impone. En otras palabras, por el orientalismo, Oriente no fue (y no es) un tema sobre el que se tenga libertad de pensamiento o acción. […] La cultura europea adquirió fuerza e identidad al ensalzarse a sí misma en detrimento de Oriente, al que consideraba una forma inferior y rechazable de sí misma.

Si esta definición de orientalismo parece sobre todo política, es simplemente porque considero que el orientalismo es en sí mismo el producto de ciertas fuerzas y actividades de carácter político.

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Democracia sí, democracia no

El otro día os comentaba el interesante artículo de Enrique Fanjul en El País, el cual venía a decir que la democracia ya ha comenzado en China, que será un proceso lento y gradual, y que será dirigido por el Partido Comunista Chino.

Hoy le he comentado todas estas cosas a una amiga china, Xiao Mao, estudiante de último año de Filología China y originaria de la provincia de Yunnan. Xiao Mao se ha mostrado bastante escéptica respecto a una transformación democrática en China. Incluso cuando le he preguntado si sería posible en 30 años, me ha respondido con un categórico “no”. Según ella, hay tres factores que harían imposible la democracia en China:

1 – China es diferente. Las tradiciones democráticas occidentales son producto de su cultura, responden a una forma de vivir y de pensar que no se corresponden con la naturaleza china. Es uno de los argumentos más defendidos por las autoridades chinas (“la especificidad china”, “los valores asiáticos”, “el relativismo cultural”…). China, otra cultura, no tiene porque adoptar como sistema político un modelo que no le es propio.

2 – Desestabilización, caos. Un país tan grande como China, con 1.300 millones de habitantes, 55 minorías étnicas, problemas como el del Tibet o Xinjiang, etc… necesita de un poder fuerte, de alguien que ponga orden y concierto. La democracia, el debate y la alternancia política traerían desestabilización económica y política y harían que el país se partiera en mil pedazos. Un país tan grande y complejo como China no podría funcionar en democracia.

3 – Falta nivel cultural. Es una de las respuestas que más he escuchado en China y que más me sorprende cada vez que la oigo: “la gente no tiene cultura para votar”. Esto no quiere decir que no estén acostumbrados al sistema democrático, sino que no conocen los temas de política, economía y sociedad, y por lo tanto no deberían opinar. ¿Cómo van a elegir al Gobierno los incultos que viven en el campo y que ni siquiera terminaron el instituto?

Estas opiniones las he escuchado repetidamente en China, aunque lo que más me ha sorprendido ha sido que una estudiante universitaria como Xiao Mao, que se muere por viajar al extranjero, es muy abierta y bastante rebelde, ni siquiera pueda imaginar un cambio político en China de aquí a 30 años.

Bajo mi punto de vista, la idea de que China, por su historia y cultura, no puede desarrollar un sistema democrático me suena a excusa barata. Sin citar otras democracias asiáticas como Japón o Corea, Taiwán (con un sistema multipartidista desde los 90) es un buen ejemplo de que la cultura china y la democracia no están reñidas. Por supuesto que China es diferente y que los sistemas políticos son consecuencia de sus sociedades; pero la cultura china no tiene porque ser por sistema antidemocrática.

El segundo argumento siempre me recuerda al “España se rompe” tan escuchado en otras latitudes, aunque tal vez sea más correcto cambiar de escala: India. La denominada mayor democracia del mundo ha crecido en las últimas décadas casi tanto como la China. La ecuación “régimen de partido único = desarrollo económico” no tiene por que ser cierta. Se me ocurre, además, que una democracia china fuerte sería mucho más capaz de lidiar con problemas como los del Tibet, Xinjiang o Taiwán.

El tercer punto, que casi parece defender la idea de aristocracia de Platón, me parece que parte de una ingenuidad: la de pensar que en los sistemas democráticos occidentales la gente es súper inteligente, se preocupa por la política y sabe lo que vota. La realidad es muy distinta de esta idea de ciudadano modelo. Además, es casi seguro que en 30 años el nivel de educación en China será muchísimo más elevado que el actual.  

De todos modos, yo creo que, a la hora de plantearse esta cuestión, la mayoría de la población se la plantea de otra forma: ¿viviríamos mejor con un sistema democrático? ¿se solucionarían problemas como el paro, la pobreza rural, la protección del medio ambiente, las expropiaciones, la corrupción o la sanidad?

¿Qué opináis vosotros?

[Por cierto, que en la discusión con mi amiga Xiao Mao, acordamos que cuando nos referíamos a democracia queríamos decir la posibilidad de que otros partidos políticos pudieran gobernar el país]

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Se fue Rafael Poch

Para los que hayáis seguido este blog de vez en cuando, sabéis que para mí Rafael Poch fue el mejor corresponsal español en China. Esto se debe a que supo abandonar los estereotipos y clichés occidentales sobre el gigante asiático, supo situar la evolución del país en el contexto internacional (globalización, medio ambiente, intereses estadounidenses…) y fue de los pocos periodistas que no se dedicó sencillamente a copiar lo que decían la CNN, The New York Times y The South China Morning Post. Fue de los pocos que intentó comprender China desde dentro, que no vino a este país a dar lecciones y que supo contarlo. Además, su labor no sólo se redujo a China, como la mayoría de corresponsales en Pekín, sino que también se ocupó de Japón, Birmania, Tailandia o las dos Coreas. Durante este 2008, sus artículos sobre los Juegos Olímpicos, el Tibet o el terremoto de Sichuan han sido de lo mejor que he leído en la prensa occidental.

He tenido la suerte de encontrarme con Rafael Poch en varias ocasiones. De las muchas cosas que admiré de él, destacaré sólo una: su raza de periodista. A pesar de su edad y de su experiencia, de tener el culo pelado y de saber de la mediocridad en la que viven los medios españoles, Poch rezumaba pasión de periodista por los cuatro costados. Tenía ganas de contar historias. El periodismo era para él algo serio. Vi mucha más pasión periodística en este Rafael Poch que en la mayoría de periodista jóvenes que ya se han acostumbrado a la pasividad de las redacciones en Madrid.

Después de seis años, Rafael Poch dice adiós. Muchos le echaremos de menos.

Links (lo mejor de Rafael Poch):

Juegos Olímpicos:
Pekín 2008: alto riesgo para China
Shilong, la larga marcha de los atletas chinos
La transformación de Pekín
A Pekín se le desmoronan los Juegos
Al llamada al boicot se extiende a Occidente

Tibet:
Otro Tibet es posible, pero no sin China
Tibet en el péndulo mundial
Tibet: la economía del descontento

Terremoto de Sichuan:
Con China no hay cuartel
En el umbral del desastre de Sichuan
Explosión de generosidad en la zona cero
Beichuan, el epicentro del dolor
China decreta duelo nacional
Una nación en silencio
Visita a Wudu

Más China:
El misterio del hombre de Cherchen
China aumenta su gasto social
¿Cómo consiguen hacerlo tan barato?
Trágica rutina en los accidentes mineros
¿Por qué Mao se mantiene en China?
¿Por qué la China rural es importante para el mundo?
¿Un Congreso “aburrido”?

Asia:
¿Qué hacer con Birmania?
Okinawa, memoria y futuro
Crisis coreana: secretos, mentiras, omisiones

Sobre Periodismo:
Salgo para Haití

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China con Obama

Nuevo presidente, nuevos planes. ¿Cambiará algo la política de EE.UU. respecto a China? ¿Cuál es la visión de Obama respecto al gigante asiático?

Aquí van algunos de los temas más candentes:

Taiwán: para China, hay pocas cosas tan importantes en las relaciones bilaterales con EE.UU. como el tema de Taiwán. Con Obama parece que cambiarán muy pocas cosas: EE.UU. seguirá asumiendo el principio de una sola China y no reconociendo a Taiwán como estado independiente. Al mismo tiempo, seguirá manteniendo relaciones diplómaticas con la isla y respetando la Taiwan Relations Act (lo cual significa que, sin ser oficial, Taiwán es considerado un estado y Washington seguirá “velando por su seguridad”). Por cierto, que Obama (como Mc Cain) apoyó la última venta de armas a Taiwán.

Economía: aquí es donde podría haber más novedades. Obama parece tener pesadillas todas las noches con la divisa china, devaluada artificialmente y que facilita sus exportaciones y aumenta día a día la deuda estadounidense. Con el nuevo Presidente, este tema parece que estará sobre la mesa en cada reunión con las autoridades chinas y organismos internacionales. Cada vez que habla de China, Obama cita este asunto como el más importante.

El nuevo Presidente también ha sido muy crítico con el llamado dumping chino. Su idea es que la falta de respeto de derechos laborales, el poco control medioambiental y las exenciones de impuestos bajan los precios de los productos chinos perjudicando a las empresas estadounidenses. Como el tema de la moneda china o los derechos de autor, Obama parece mucho más duro a la hora de pedir a China que se amolde a las supuestas leyes de mercado internacional (que EE.UU. cumple cuando le interesa, por otra parte). Ha llegado incluso a decir que China “esta compitiendo de una forma que es injusta con los trabajadores estadounidenses”.

Otra de las propuestas de Obama pasa por eliminar las reducciones de impuestos a las empresas estadounidenses que deslocalicen en terceros países. No sé hasta qué punto esto podría afectar a China, aunque tal vez disminuya las inversiones extranjeras.

Derechos humanos: a pesar de su aureola casi mística, en el fondo Obama es un pragmático. Seguro que nunca arruinará un negocio importante por temas relacionados con las libertades en China. Sin embargo, el partido demócrata siempre ha prestado mayor importancia a los derechos humanos y recibe más presiones de ONGs y otros colectivos sociales, así que es de esperar algún gesto de cara a la galería.

Además, los ocho años de decadencia moral de George W. Bush han finalizado y tal vez EE.UU. recupere un poco de prestigio moral, lo que unido a un mayor discurso ideológico de Obama (para quien la política exterior estadounidense debe regirse por los principios de democracia y libertad) podría provocar mayores tensiones en este tema.

Medio ambiente: en este punto también puede haber una diferencia importante. Obama quiere acabar con la dependencia absoluta de petróleo y convertir a su país en líder de las energías renovables (los republicanos se han olvidado de esto los últimos ocho años). La incorporación de EE.UU. a la defensa del medio ambiente (con su posible firma del futuro protocolo de Kyoto) puede acercarle a una China que necesita apostar por energías limpias. De hecho, en alguno de los debates presidenciales, Obama apostó no sólo por convertir a su país en líder de las energías renovables, sino también en utilizar este conocimiento para ayudar a los países en vías de desarrollo (entre ellos China).

Política internacional: es de esperar que Obama vuelva a Naciones Unidas, lleve una política exterior más dialogante, utilice el soft power, salga de Irak en un par de años y olvide las aventuras bélicas de sus predecesores. Esta nueva actitud puede favorecer también el diálogo con Corea del Norte. Es seguro que Pekín se sentirá más cómodo con unos Estados Unidos menos prepotentes.

Asia: en cuanto a las relaciones con el continente, no parece que vaya a haber cambios sustanciales. EE.UU. seguirá siendo amigo íntimo de Japón e India (ambos vistos como contrapunto a China) y de Corea del Sur, Tailandia y Filipinas (aliados tradicionales con presencia militar estadounidense).

Links: US-China policy under an Obama Administration.

Obama and the challege of China

China y las elecciones estadounidenses

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Che, el amigo de Mao

[La fuente principal de este post es el libro Che Chevara. Una vida revolucionara, de Jon Lee Anderson].

 

El año pasado se cumplieron 40 años de su muerte y en España se puede ver la última versión cinematográfica de su vida (Che, el Argentino, película dirigida por Steven Soderbergh y protagonizada por Benicio del Toro), así que he estado investigando un poco sobre la vida y el pensamiento de Che Guevara.

Como toca barrer para casa, voy a centrarme en la relación que el Che tuvo con China y con Mao. Aunque les pueda sorprender a muchos, El Che Guevara consideraba a China un ejemplo a seguir y admiraba a Mao Zedong, con el que se reunió en varias ocasiones. Es curioso también como Mao y el Che han seguido caminos similares en la mercadoctenia y el imaginario colectivo: por unas razones o por otras, sus caras se han convertido en una moda (incluso en arte en algunos casos) y pueblan millones de camisetas, relojes y banderas a lo largo y ancho del planeta.

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El Che y Mao, en Pekín, en 1960. Foto vía Wikipedia.

 

La fascinación de El Che por el Maoísmo comenzó antes de que Guevara se convirtiera en un personaje público. Leyó sus escritos años antes de embarcarse en la aventura cubana y le fascinaban las noticias que llegaban del triunfo comunista chino. El gigante asiático formó parte de su lista prioritaria de países que quería visitar e incluso llamaba con frecuencia a su primera hija “mi pequeña Mao”. Esto es lo que escribía a los pocos meses de su nacimiento:

Mi alma comunista se expande pletóricamente: ha salido igualita a Mao Zedong. Aun ahora ya se nota la incipiente pelada del medio de la boca, los ojos bondadosos del jefe y su protuberante papada; por ahora pesa menos que el líder, pues apenas pasa los cinco kilos, pero con el tiempo lo igualará.

A parte de esta fascinación casi irracional, al Che y a Mao les unió su interpretación del marxismo. En esta ideología compartida había tres puntos fundamentales que les separaban del resto de tendencias comunistas:

1 – La revolución debe empezar en el campo. El marxismo tradicional había pronosticado que la revolución comenzaría gracias al proletariado urbano, especialmente en las fábricas, y que ellos serían el soporte del movimiento marxista. Sin embargo, Mao Zedong se dio cuenta de que esa fórmula no podía funcionar en China, donde el proletariado urbano era muy reducido y donde las ciudades escapaban a la influencia comunista. Mao basó su victoria en los campesinos y el Che estaba de acuerdo con esta visión, que creía se adaptaba mejor a las circunstancias de América Latina.

2 – Trabajo voluntario y esfuerzo. Mao confiaba ciegamente en el esfuerzo colectivo por encima de otras consideraciones racionales (en fin, ahí está el Gran Salto Adelante) y pensaba que a través del esfuerzo colectivo se podía llegar al desarrollo del país. El Che admiraba esta faceta de los chinos e incorporó en Cuba el trabajo voluntario que había instaurado Mao.

Dentro de este punto, se podría incluso establecer un paralelismo entre el fallido Gran Salto Adelante de Mao y los primeros años del Che al frente del Ministerio de Industrias y del Banco Nacional. Los dos antepusieron la irracionalidad política a los resultados económicos, situaron en los puestos importantes a “rojos seguros” en lugar de a tecnócratas capaces y los dos aspiraban a una industrialización rápida (pero imposible) que estaría basada en el esfuerzo de las masas. Los resultados, por suerte para Cuba, no fueron tan catastróficos (sobre todo porque al Ché no le dejaron llevar a cabo sus planes y los países son completamente diferentes) pero el trasfondo ideológico es el mismo.

3 – Violencia. Cada uno a su manera, los dos fueron extremistas en este sentido. Mao Zedong convirtió la lucha de clases (muchas veces despiadada) en uno de sus pilares ideológicos. El dirigente chino pensaba que no se podía renunciar nunca a la lucha de clases, ya que ésta garantizaba la pureza del comunismo. Para el Ché Guevara, la violencia era la única forma en la que los comunistas podían (y debían) alcanzar el poder. El Ché estuvo en contra de la participación en elecciones democráticas y apoyó económicamente (e incluso en persona) movimientos guerrilleros en África y América Latina.

A parte de estos puntos ideológicos comunes, lo que acabó por convertir al Che en una figura pro-china fue el conflicto que durante los años 60 enfrentó a la U.R.S.S. y a China. Después de su luna de miel durante principios de los 50, las dos grandes potencias se enfrentaron por el liderazgo del mundo socialista. A pesar de que la línea oficial cubana se decantó por Moscú, en numerosas ocasiones el Che criticó a los soviéticos y elogió las políticas maoístas.

En esos tiempos de enfrentamiento ruso-chino, el Che elogiaba las políticas llevadas a cabo por Mao Zedong, criticaba a la URSS por su política de convivencia pacífica (que intentaba evitar una guerra nuclear) y defendía y subvencionaba guerrillas en América Latina y África (en contra de las intenciones rusas). En 1961 (justo al final del dramático Gran Salto Adelante), después de verse con Mao y de cenar con Zhou Enlai, afirmó que “en general no tenía una sola discrepancia” con Pekín. Además, los únicos técnicos chinos que trabajaban en Cuba lo hacían en el ministerio del Ché; durante su discurso ante las Naciones Unidas (parte fundamental en la primera parte de la película protagonizada por Benicio del Toro) Guevara defendió el reconocimiento en la ONU de la China comunista en lugar de la República China de Chiang Kai-shek.

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El Che con Zhou Enlai. Vía el Blog Museo Ernesto Che Guevara

 

Todas estas acciones le enemistaron con los dirigentes soviéticos (con los cuales se había llevado tan bien algunos años antes) y fue en estos momentos en los que se le empezó a conocer como el espía chino en La Habana. Este es el otro Che, relacionado con China, el amigo de Mao.

Notas:

1- Como curiosidad graciosa, China llego hasta el Che incluso en el nombre de su primer amor verdadero, que se llamaba María del Carmén “Chichina” Ferreira. Intentó casarse con ella, pero su gran viaje por América Latina (retratado en la película Motorcycle Diaries) precipitó el final de la relación.

2 – Otra curiosidad es que, en su guerra de guerrillas en Cuba, Fidel y el Ché se encontraron con un bandido apodado Chino Chang. Este cubano de origen chino tenía su propia banda y se dedicaba a robar y extorsionar a los campesinos de la zona, por lo que fue condenado a muerte por la guerrilla.

3 – Mejor relación tuvo con un peruano de origen de chino, llamado Juan Pablo Chang (que dicen se parecía a Mao físicamente), que estaba al frente de una guerrilla en Perú. Cuando el Che estaba combatiendo en Bolivia, éste se puso en contacto con él y pidió ayuda al Gobierno cubano para liderar su lucha en el país vecino (Fidel y el Che se la concedieron). Sin embargo, cuando estaba hablando con el Che en Bolivia, se vio acorralado por el ejército boliviano y se tuvo que quedar con la guerrilla de Guevara. Fue capturado al mismo tiempo que el Che y sentenciado a muerte un día antes.

4 – Por cierto, que el nombre en chino del Che, que no esconde ningún significado especial (es tan sólo su transcripción fonética), es 切 – 格瓦拉 (qie1 ge2wa3la1).

Links: Che Guevara y su traductor chino

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Aterrizaje forzoso (primer día en China)

Imagínate que llegas a un lugar donde todo el mundo te señala por la calle. Los niños se ríen de ti y te tiran de los pelos de las piernas. Imagínate que miras a tu alrededor y te das cuenta de que lo único que no encaja eres tú. Además de tu incapacidad para comunicarte, las letras con las que te has expresado toda tu vida se han convertido ahora en extraños dibujos. Imagínate un sitio donde coger el autobús es una odisea. Ahora ponle nombre a este lugar: China.

Durante las primeras horas en este país, uno tiene la sensación de que un árbitro te persigue y te señala fuera de juego en cada acción. Comer, hablar, moverse, divertirse, tomar una cerveza… Todo se hace de otra forma en China, donde rigen otros ritmos y otras formas. Un país donde hay que volver a nacer y empezar de cero, porque todo lo aprendido vale para muy poco.

Excitado por estas nuevas sensaciones, la primera noche en Beijing me adentré en un laberinto de “hutong”, esos callejones tradicionales en los que parecen haber vivido las mismas personas desde hace 300 años. Entre los puestos de comida en la calle y los ancianos jugando al mahjong, los niños revoloteaban a mi alrededor y me saludaban en inglés. Algunas personas me paraban por la calle y me preguntaban de dónde venía. Otras, tal vez asustadas porque un “bárbaro” acabara de llegar al Imperio del Centro, me miraban con desconfianza.

Una sola noche basta para comprender los miles de kilómetros que separan a Oriente de Occidente. Se pueden visitar muchos lugares en Europa, en América Latina o en Norteamérica, pero uno nunca se sentirá tan lejos de su mundo como en China. Las diferencias con los chinos son tan grandes que aquí los “blanquitos” pasamos directamente a la categoría de occidentales. Una clasificación en la que no se puede diferenciar entre un argentino, un alemán o un estadounidense, porque en China todos nos parecemos como dos gotas de agua.

Abrumado por estas primeras horas de mi despertar a China, al día siguiente visité a Krys, un periodista polaco que lleva dos años viviendo en Beijing. Krys, que ha tenido más de un malentendido con las mujeres chinas, me advirtió de que lo que acaba de vivir durante mi primer día en China no era más que una anécdota : “La gente piensa que las diferencias culturales son usar palillos, vestir ropas diferentes o tener los ojos achinados. La cosa es mucho más profunda. Tiene que ver con la forma de organizar las cosas, con la manera de pensar. Tiene que ver con lo que sueña cada uno por la noche”.

[Artículo publicado dentro de la serie Aprendiz en China, distribuido por el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)]

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