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Aterrizaje forzoso (primer día en China)

Imagínate que llegas a un lugar donde todo el mundo te señala por la calle. Los niños se ríen de ti y te tiran de los pelos de las piernas. Imagínate que miras a tu alrededor y te das cuenta de que lo único que no encaja eres tú. Además de tu incapacidad para comunicarte, las letras con las que te has expresado toda tu vida se han convertido ahora en extraños dibujos. Imagínate un sitio donde coger el autobús es una odisea. Ahora ponle nombre a este lugar: China.

Durante las primeras horas en este país, uno tiene la sensación de que un árbitro te persigue y te señala fuera de juego en cada acción. Comer, hablar, moverse, divertirse, tomar una cerveza… Todo se hace de otra forma en China, donde rigen otros ritmos y otras formas. Un país donde hay que volver a nacer y empezar de cero, porque todo lo aprendido vale para muy poco.

Excitado por estas nuevas sensaciones, la primera noche en Beijing me adentré en un laberinto de “hutong”, esos callejones tradicionales en los que parecen haber vivido las mismas personas desde hace 300 años. Entre los puestos de comida en la calle y los ancianos jugando al mahjong, los niños revoloteaban a mi alrededor y me saludaban en inglés. Algunas personas me paraban por la calle y me preguntaban de dónde venía. Otras, tal vez asustadas porque un “bárbaro” acabara de llegar al Imperio del Centro, me miraban con desconfianza.

Una sola noche basta para comprender los miles de kilómetros que separan a Oriente de Occidente. Se pueden visitar muchos lugares en Europa, en América Latina o en Norteamérica, pero uno nunca se sentirá tan lejos de su mundo como en China. Las diferencias con los chinos son tan grandes que aquí los “blanquitos” pasamos directamente a la categoría de occidentales. Una clasificación en la que no se puede diferenciar entre un argentino, un alemán o un estadounidense, porque en China todos nos parecemos como dos gotas de agua.

Abrumado por estas primeras horas de mi despertar a China, al día siguiente visité a Krys, un periodista polaco que lleva dos años viviendo en Beijing. Krys, que ha tenido más de un malentendido con las mujeres chinas, me advirtió de que lo que acaba de vivir durante mi primer día en China no era más que una anécdota : “La gente piensa que las diferencias culturales son usar palillos, vestir ropas diferentes o tener los ojos achinados. La cosa es mucho más profunda. Tiene que ver con la forma de organizar las cosas, con la manera de pensar. Tiene que ver con lo que sueña cada uno por la noche”.

[Artículo publicado dentro de la serie Aprendiz en China, distribuido por el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)]

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