AÑO EN PARÍS

He estado ausente la última semana debido a mi traslado a París, a donde vengo a estudiar chino (tiene gracia, la cosa). De todos modos, aquí nos han instalado el teléfono e Internet en 3 días (creo que en España necesité un mes y medio –gracias, Telefónica-), así que ya no tengo excusa para no volver a la actividad.

París me ha vuelto a recibir con sus calles burguesas, sus charlas entre vasos de vino y quesos de todos los tipos, la fuerza del Sena como imán, el bullicio de Bastille a la vuelta de la esquina, con el culo más bonito del mundo (el de Notre-Damme, claro), con los techos altos de las casas parisinas, con el café a la vuelta de la esquina donde mirar a la gente pasar, con los parques donde los niños todavían juegan al fútbol y los mayores a la petanca…

No se me ocurre nada mejor que recoger las ideas de Senante, un gran amigo mío que estuvo aquí este verano y que volvió, como lo estoy yo, enamorado de París:

En París me gusta que los bancos tienen el respaldo en medio, lo que te permite mirar hacia dos lados. Y las sillas del jardín de Luxemburgo que puedes mover a tu antojo. Supongo que son las últimas consecuencias de tantas revoluciones. Y sólo por tener la libertad de poner tu silla en la dirección que quieras habrán valido la pena.

Dicen que París es caro. Pero no se preocupen. Lo dicen los mismos que cuando vuelven de Marruecos dicen que “todo estaba muy sucio” y te juran que huelen mal los canales de Venecia. Porque todavía pasear en París es gratis, y no hace falta hacer otra cosa. Los cafés, los museos, los vinos, las crepes, todo eso esta muy bien. Pero no resultan más que añadidos.

En París, pasear es gratis. Y todavía limpian las calles con agua que brota de las aceras y va formando riachuelos al borde de la calzada. Tal vez por eso resulte tan cómodo pasear por París; porque uno, sin darse cuenta, suele seguir la estela de un cauce natural. Y supongo que es por eso que, a veces, cuando caminas por París, te sientes flotar, como si te llevara la corriente.

En París, además de japoneses y maripuris disfrazadas de turista, también hay parisinos: abuelas sesentayochistas, estudiantes burocráticos, panaderos orgullosos, argelinas elegantes, amas de casa presuntuosas y adolescentes que no saben quienes son y queman coches para que alguien se los diga, o por lo menos les hagan algo de caso. Todos participan de esos aires de grandeza que se dan los parisinos. Porque, hagas lo que hagas, en París parece más importante.

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