La ciudad estaba ocupada. Sitiada por un ejército de instantes que revoloteaban entre las piernas a cada paso. La ciudad entera sumergida; tan empapada de invasión que era imposible salir a la calle sin mojarse.
La ocupación sucedió deprisa, cuestión de semanas. Profunda e inevitable como un cambio de estaciones. Y con más dolor que miedo. Con más miedo que lamento. Indefensa, la ciudad aceptó su propia conquista.Sigue leyendo en… Visiones

Periodista, trotamundos y vividor. En la actualidad, y gracias a una beca de la 

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